Todas las noches la visitaba, permanecía en silencio, no lo hacían desistir los rumores sobre su semblante sombrío. Ella, prefería las rosas rojas, y los amaneceres en la primavera. Se sentaba junto a ella, no articulaba palabra alguna; esperaba con resignación. Cuentan que una horrible noche, rompió el mármol abandonado, cavo con sus manos la húmeda tierra, y saco la osamenta fría. Cubrió de besos sus desnudos labios, corono de rosas el yerto cráneo, y le conto sonriendo sus amores. La recostó a su lado, y en un tierno abrazo, celebro sus bodas con la muerta, y para siempre se quedó dormido, al rígido esqueleto abrazado.
Por: José Ortega
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