Ella imaginó que al llegar al lugar acordado, ahí estaría esperando. Que como siempre acostumbraba a hacerlo, la saludaría con un beso en la mejilla y le repetiría el mismo proverbio aquel de Lamennais: “No camines con la cabeza baja, es necesario levantar los ojos para ver el camino”, ella reaccionaría con una sonrisa hipócritamente esbozada en el rostro, porque nunca había podido soportar el tamaño emotivo de aquellas palabras, siempre le había sido inevitable poder recordar aquel deseo, que desde ya hace tiempo le deambulaba torturante por la cabeza: “quiero algún día, poder caminar a nivel de la copa más alta de los árboles, para así poder ver el mundo de otra manera, para poder sentir que estoy más cerca del cielo y más lejos de ti Raúl”.
Que acto seguido, él le propondría que fueran por un café a la vuelta, por la calle Marie Rose, que tendrían una conversación sin sentido, que se mirarían mutuamente, y tratando de ser rápidos intercambiarían intereses: los escritos y el dinero. Pero ella hoy quiere hacer algo diferente, lo arrastraría calle abajo en dirección a los juegos mecánicos, se sentarían largo rato a ver pasar los niños con sus grandes copos de algodón de dulce y en ese momento se percataría que serían más de las seis de la tarde. Sería entonces momento de quebrantar el silencio, pero no como siempre, con un diálogo, sino que le invitaría a ir en busca de boletos para montar en ese aparato gigante y oxidado que tiene capsulas, donde la gente sube y se deja llevar a dar paseos circulares, en donde estando en la cumbre se experimenta una satisfacción que está ligada a la altura y al placer de ver gran parte de la ciudad de una sola ojeada, y justo en ese momento se acordaría de que está cansada de que la presionen, de que ya no quiere escribir más por encargo, de que a éstas alturas le vale poco el contrato que firmó, y que no desea volver a ver todos los siete de cada mes a ese maldito editor que está en frente suyo, y que empujaría en pocos segundos hacia el vacio; se acordará de Raúl, de lo que vivieron juntos, de su reciente partida, de su lejano y casi nulo regreso. No quiere imaginarse nada más de lo que podría pasar, solo se lo deja a su aliado: el destino (si es que está escrito). Se maquilla, busca la chaqueta y las llaves, recoge el bolso lleno de hojas escritas de encima de la mesa, se mira por última vez al espejo antes de salir de casa, abre la puerta y se entrega al hado incierto y juguetón.
Por: Doreidy Otagrí
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